La importancia de decir nosotros

Por José Cumpa

Escribo esto en un contexto que lamento: al menos 13 personas han fallecido durante una fiesta organizada, irresponsablemente, en Los Olivos. Aquí no se buscarán culpables o juzgarán actitudes. Quiero hacer notar un problema que se actualiza (y agudiza) constantemente a causa de la pandemia: la imposibilidad de decir nosotros.

Compatriota es una palabra que refleja igualdad independientemente del estatus social en el que te encuentres. Todos somos compatriotas. “Patria” tiene su raíz en pater que significa padre. Así, los compatriotas somos los que compartimos la misma patria, el mismo pater. De esto, surge la necesidad de hermandad. patria, el mismo pater. De esto, surge entonces la necesidad de hermandad. Ya Platón se había dado cuenta de esto La República, al hablar de la necesidad de una “mentira noble”: « (…) pero que en realidad habían estado en el seno de la tierra, que los había criado y moldeado, tanto a ellos mismos como a sus armas (…) una vez que estuvieron completamente formados, la tierra, por ser su madre, los dio a luz. Y por ello deben ahora preocuparse por el territorio en el cual viven (…) y defenderlo, si alguien lo ataca, y considerar a los demás como hermanos, como hijos de la misma tierra. »[1]  La “mentira noble” platónica no solo es fundamental, sino incluso fundacional de todo territorio en común. Los compatriotas, que somos cada uno de nosotros, estamos inmersos en esta mentira noble: todos somos hermanos.

Aquí empieza justamente el problema. Ya Gonzalo Portocarrero, a partir de un texto de Freud, ha analizado esta relación placer-culpa que se siente cuando un hermano es golpeado: « (…) Nos complace que el padre esté maltratando a un rival (típicamente un hermano) que compite con nosotros por su amor[2]». Esto es importante, pues tal vez, aquí está la raíz de esa imposibilidad de decir nosotros, de esa facilidad para juzgar al otro sin comprender su contexto: El placer intrínseco de sentirse mejor cuando el castigo le llega al hermano desobediente, pues nos sentimos, cada vez más, con derecho al amor del padre.

¿Pero quién es el padre? El padre es ese que Lacan define como el “gran Otro”, el orden simbólico. Žižek lo explica: «El orden simbólico, la constitución no escrita de la sociedad, es la segunda naturaleza de todo hablante. (…) Cuando hablamos (o escuchamos, que para el caso es lo mismo) no estamos meramente interactuando con otros; nuestra actividad discursiva está fundada en nuestra aceptación a una compleja red de reglas y presuposiciones. » [3]

Este orden simbólico es, reduciendo un poco el término, el que “nos dice que hacer”, todo ese enjambre ideológico y discursivo que nos guía en la sociedad. Por tanto, nuestra búsqueda de la aceptación de ese pater, de ese gran Otro, nos hace olvidar pensar en el compatriota, el hermano.

Siguiendo a Freud, es más fácil dejarnos llevar por esa fascinación del castigo al compatriota. Buscar esa aceptación del gran Otro, de ese orden simbólico que nos pide ser buenos mientras desenmascaramos que el otro no lo es. Todo parece ya definido así. ¿Hay posibilidad de cambio?

Nuevamente Žižek, citando a Lacan nos da una respuesta: «A pesar de su poder fundador, el gran Otro es frágil, insustancial, propiamente virtual, en el sentido de que tiene las características de una presuposición subjetiva. Existe sólo en la medida en que los sujetos actúan como si existiera ».[4] Entonces, ese gran Otro no nos condena a la inmovilidad. No tenemos por qué claudicar ante una sociedad que lucha, a costa de desprestigiar al otro, por el amor del padre.  En la insustancialidad del gran Otro está también su mayor debilidad.

Empatía parece ser el término adecuado para luchar contra ese gran Otro que nos empuja a la lucha. Este tiene una raíz griega que significa “sufrir juntos”. Puede que no sienta el mismo dolor que tú, pero puedo sufrir contigo. Siguiendo a Freud, es más fácil dejarnos llevar por esa fascinación del castigo al compatriota. Más que antes se hace necesaria la práctica, y la política de la empatía.

A puertas del Bicentenario recordamos esa Independencia que nos hizo compatriotas, pero no nos hizo iguales. Diversos factores como la clase, la raza, el género, entre otros, terminaron por separar lo que nunca estuvo unido. Es urgente, ahora más que nunca, poder decir nosotros.


[1] Platón: La República.

[2] Portocarrero, Gonzalo: Profetas del odio, raíces culturales y líderes de Sendero Luminoso.

[3] Slavoj Žižek: Cómo Leer a Lacan

[4] Slavoj Žižek: Ob. Cit.

***

José Cumpa es filósofo por la UNMSM. Miembro del grupo de estudios de filosofía política Potestas Vitae. Investigador en temas de cultura y política, con interés en educación, poder y subjetividades.

Edición: Alejandra Bernedo
Diseño de imagen: Alejandra Bernedo

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