Cómo reconciliar a la religión con la sociedad

Por Morgana Salvador *

¿De dónde surge la necesidad apremiante para que tantas personas provenientes de variadas denominaciones cristianas se organicen y se manifiesten en contra de medidas concretas y políticas públicas? Para muestra un botón: miles de católicos y evangélicos se sumaron a las “Marchas de la Familia” y a la marcha denominada “Con mis hijos no te metas” como respuesta a los debates políticos en torno a la legalización del matrimonio de personas LGTBI+, de la aprobación de alguna forma de unión civil y del currículo escolar con enfoque de género (éste último vilipendiado de esconder una supuesta ideología de género). En un país con reducido nivel de participación política, el nivel de activismo de estos grupos amerita un estudio más profundo, no basta con reducirlos a las calificaciones de ignorantes o conservadores.

Como cristiana no me considero adscrita a ninguna denominación particular, aunque dejé el catolicismo hace algunos años y participo de una iglesia evangélica. He visto con asombro cómo algunas iglesias evangélicas llevan una activa participación política con una agenda marcada por el antagonismo. Rechacé la idea de plantear mi posición personal, de desmarcarme y decir “no me representan”, pues conocidos y amigos míos sí asumen algunas de esas ideas. Considero a la iglesia como comunidad de creyentes, y es una entidad no identificable en edificios ni instituciones, me veo como miembro de ella y, por lo tanto, sujeta a las mismas críticas que las de algunos de mis correligionarios. Por eso, hago este llamado a una evaluación de nuestro rol en la sociedad y en particular, a la forma como se actúa en la política.

Tratar de entender este activismo político-religioso parte de admitir que la religión es un término vasto, cada creyente tiene una concepción diferente de su fe y la visión de la religión que se lleva a la esfera pública es una versión reducida de la misma. La autora Linda Woodhead evalúa en su artículo “Cinco formas de entender la religión”, diversas formas en la que las ciencias sociales estudian la religión. La religión, cuando es vista como un conjunto de creencias, tiende a reducir al creyente al conjunto taxativo de ideas que tiene. Ver la religión como una lista de ideas únicamente omite la necesidad de entender todo el bagaje histórico, arqueológico, doctrinal precedente en una religión. El problema surge con aquella lista de creencias de base religiosa que son controversiales, como por ejemplo, la renuencia a aceptar el matrimonio de personas LGTBI.

Algunos proponen que las creencias religiosas no deben plantearse en el debate público ni en políticas públicas en tanto que el Perú es un Estado secular. Lo cierto es que, parte de la base doctrinaria que sustenta los derechos humanos se vincula con el desarrollo de ideas que tuvieron origen e impulso en diversas religiones, como la idea de no discriminación. La misma idea de Estado laico puede rastrearse a la frase dicha por Jesús según el evangelio de Lucas: “dad al Cesar lo que es del Cesar y a Dios lo que es de Dios”.

Si tratamos a las ideas múltiples que parten de base religiosa de la misma forma como percibimos cualquier idea que merece discusión y representación, no hay razón para sacarlas per se del debate público. La religión siempre ha tenido y siempre tendrá un componente público. Tratar de negar esto es desconocer la influencia que ha tenido en el pasado, y su peso e influencia en la actualidad. Como indica la Observación General 22, del Comité de Derechos Humanos relativa al artículo 18 del Pacto Internacional de los Derecho Civiles y Políticos, el hecho que los adeptos de una religión representen la mayoría de la población “no tendrá como consecuencia ningún menoscabo del disfrute de los derechos consignados en el pacto (…) ni ninguna discriminación contra los adeptos de otras religiones o los no creyentes”.

Por lo tanto, sin desconocer ni negarles la posibilidad de manifestarse en contra o a favor de cualquier medida que consideren conveniente, habría que llamar la atención de la comunidad cristiana respecto al ambiente de polarización que sus manifestaciones suscitan. Una idea en la Biblia que nos puede ayudar a reflexionar al respecto tiene que ver con la contraposición entre los líderes religiosos que Jesús criticó por generar pesadas cargas en el pueblo versus el respaldo espiritual que diversos profetas y evangelistas tuvieron para realizar sus misiones. Ambos tipos consideraban estar haciendo la voluntad de Dios, pero la diferencia fundamental entre ambos estaba en una cualidad interna difícil de explicar. El creyente tiene la posibilidad de ir al estrado público y político, pero tiene una responsabilidad: fijarse primero en la paja de su ojo antes de tratar de sacar la paja ajena. Al hacerlo así, podrá ver si el fruto de sus acciones surge del amor o de las contiendas, si es que está actuando en su propia justicia, o si es que verdaderamente Dios le esta direccionando en participar de manifestaciones, por ejemplo.

La religión como cultura tiene que ver con una forma de interpretar la realidad que le otorga significado a un mundo de otra forma caótico. Esta perspectiva de estudio debería permitir entender la relevancia de la religión para un creyente, pues la persona se basa en menor o en mayor medida, con coherencia o sin ella, en sus creencias para darle orientación a sus decisiones. De tal forma que las premisas controversiales tienen que ver más con la su cosmovisión que la mera repetición de doctrinas. El no creyente puede que no llegue a comprender cuánto influyen las creencias en la vida íntima del creyente, y si lo entiende es solo limitadamente, pues no está en su subjetividad. La religión como sistema moral tiene que ver con la valoración de las acciones humanas como correctas o no. La relación con Dios le da una escala moral mediante la revelación o su interpretación de sus textos sagrados. El no creyente, al no tener esta relación, no está sujeto a estas premisas morales, tiene las suyas propias, el creyente debe reconocer esto.

Quisiera llamar a la reflexión respecto a cómo la Biblia ha sido sujeta a múltiples interpretaciones a lo largo de la historia, y cómo en determinados momentos históricos tales interpretaciones respaldaron los movimientos por los derechos civiles en Estados Unidos, por ejemplo. También ha sucedido lo contrario, cuando los textos sagrados se usaron para legitimar condiciones de desigualdad. El creyente no tiene la seguridad inmediata de que su lectura de sus textos será la lectura adecuada. No pretendo argumentar que lo correcto sea que se fuerce una interpretación que vaya conforme a una posición progresista, el creyente cristiano busca tener un criterio o estilo de vida que refleje la dirección de Dios.

Hay versículos que, en efecto, son difíciles de digerir, en tanto se refieren a las mujeres en términos incompatibles para nuestra actualidad, pero hay que recordar que si Dios se reveló, lo hizo en específicos contextos históricos, con personas fuertemente enraizadas en formas de vida difíciles de cambiar. En el versículo de Mateo 10:5 Jesús dice “no ha sido así desde el principio, pero por la dureza de vuestros corazones os escribió este mandamiento”. El creyente debe además recordar que vive en una sociedad marcada por una desvaloración de las mujeres y de las minorías, su interpretación de la Biblia puede que este influenciada por este contexto, y hay que admitir que aunque creamos en Jesús como el camino, la verdad y la vida, no lo sabemos todo, hay áreas grises, hay textos misteriosos que no podremos comprender. En el proceso, podemos enfocarnos más en todo aquello que si es claro como el agua: Amar al prójimo como a nosotros mismos.

*Morgana Salvador es abogada por la Pontificia Universidad Católica del Perú, y Magister en Acción Humanitaria en el Programa NOHA de la University College Dublin y Uppsala University, trabaja actualmente en El Cairo en formación de capacidades de administración de líderes de comunidades de refugiados.

Fotografía: Joris Louwes http://bit.ly/2DkDY5x

2 comentarios en “Cómo reconciliar a la religión con la sociedad

  1. Interesante texto. La apropiación subjetiva o intersubjetiva de determinados grupos respecto al sistema de valores religiosos (en este caso cristianos católicos) quizá expliqué el carácter público de este tipo de discurso. Sus criterios de corrección no pueden ser interpretados de manera ortodoxa, tomando en cuenta, justamente, este carácter público además de político que tiene el discurso religioso. La pregunta sería, en todo caso, cómo dicha apropiación intersubjetiva promueve nuevas formas de comprender la religión en el escenario político y redefinir sus criterios de corrección sobre la base de una interpretación abierta a valores cívicos. Interesante. Fue un gusto leer este artículo. Saludos cordiales.

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  2. Andrés Salvador Flores Arana abril 20, 2019 — 7:10 pm

    Coincido plenamente con la autora.

    La religión va a estar siempre presente en los debates públicos. Creo que lo importante es que la sociedad sea cada vez más consciente de que cada persona requiere determinada espiritualidad que le de sentido a su vida (y esto no necesariamente tiene que ver con la creencia en una deidad determinada). Hemos pasado de un momento a otro a la aplicación en gran escala del método científico, siento esto desconcertante. Nos angustia no encontrar soluciones inmediatas a dilemas que las “verdades reveladas” siempre nos habían facilitado. Ayer sabíamos qué hacer cuando nos sentíamos tristes o nos encontrábamos frente a una decisión con implicaciones morales. Hoy en día, para quienes nos encontramos en el sector secular de la sociedad, es difícil encontrar sentido espiritual a mucho de lo que hacemos. La ciencia va desgranando de a poquitos qué hace sentido a la existencia del ser humano. Y eso toma mucho tiempo.

    La sociedad entera debe ser respetuosa y tolerante con la manera como cada uno vive su espiritualidad, sin censurar opiniones o conductas ajenas que no le hacen mal a nadie. No pensemos que porque algo no se ciñe a nuestro ideal de corrección, va tener que ser objetivamente así para una sociedad democrática. Ni mucho menos la democracia tolera la discriminación en razón del credo individual libremente expresado, si se desea, en el debate público (diferente es que funcionarios públicos solo obren a favor de aquellos quienes comulguen con su sentido de moralidad).

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