La política del silencio como estrategia electoral

Por Beatriz Córdova / Colaboradora de Es Momento

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El domingo pasado se realizó el primero de dos debates, organizados por el Jurado Nacional de Elecciones, entre los candidatos al sillón municipal limeño. Estos revisten una importancia de primer orden. No solo porque son los únicos debates televisados en simultáneo por varios canales nacionales, sino también porque son parte de una serie de compromisos que los candidatos aceptaron al firmar el Pacto Ético Electoral, un instrumento impulsado por el máximo organismo electoral desde hace más de 10 años.

Renzo Reggiardo, hasta hace poco líder indiscutible en las encuestas de intención de voto, no asistió al debate electoral aludiendo que le incomodaba estar al lado de otros candidatos que, según él, lo han atacado de manera sistemática. Así, dejó pasar una oportunidad de oro para confrontar a sus adversarios. Por el contrario, su dramática salida en escena con utilización mediática de su hija no hizo más que dejarnos en claro que se sentía muy confiado por su ubicación en los sondeos de respaldo popular y prefería negarse a asistir que dejar al descubierto la inconsistencia de sus propuestas o enfrentar varias acusaciones en su contra, tales como su vinculación al fujimorismo, los plagios detectados en su Plan de Gobierno y la no declaración de su empresa en Panamá.

El show del silencio está siendo secundado por Ricardo Belmont Casinelli, quien ha anunciado que no asistirá al segundo debate a realizarse este domingo, entre otras razones, debido al poco tiempo que tendría para exponer sus propuestas y también en respuesta a la amonestación del Tribunal de Honor del Pacto Ético Electoral, justamente por su negativa a asumir parte de los compromisos adquiridos con la firma de este documento. Todas, excusas inaceptables. A esto, debemos añadir, que el debate organizado por el Jurado Nacional de Elecciones no es el único al cual los candidatos aludidos se han negado a asistir.

Ante este escenario asoma una interrogante indiscutible ¿Por qué estos candidatos han optado por la política del silencio? ¿De dónde proviene la tozuda confianza de estos que les permite dejar a los electores vestidos y alborotados frente a sus pantallas? Sin duda, esta confianza está anclada en la práctica política misma, en donde ha quedado demostrada muchas veces la efectividad del silencio como estrategia de gobierno y, hoy también, como estrategia electoral. El silencio ha sido, por ejemplo, el estilo del saliente alcalde Castañeda Lossio, un personaje al que no por nada se le conoce como “el mudo”. Reggiardo ha enmudecido también en el debate y  pronto lo hará -de cumplir su amenaza- Belmont Cassinelli.

Sin duda, estas actitudes de campaña deben obligarnos al autoanálisis, a la revisión de nuestro rol como electores. Pero, más aún, a la de nuestro papel como ciudadanos. El desdén de los candidatos a la alcaldía que se niegan a presentar sus propuestas en el debate electoral de mayor alcance popular, debe alarmarnos porque ello implica que nuestra clase política -o al menos una parte de ella- ha interiorizado la apatía, la inacción, e incluso la indignación infructífera como parte de las características primas del elector peruano.

Si estos son los parámetros bajo los cuales nos juzgan quienes desean hacerse del poder político, la corrupción, la no rendición de cuentas y el atropello a nuestros derechos resultan las tristes consecuencias lógicas. La política del silencio solo es viable en contextos de ciudadanos dispuestos a no escuchar, a ignorar, a pasar por alto el abuso, la corrupción y otros tantos males que aquejan a la política y, más aun, solo es practicable en contextos donde el silencio no ha sido previamente castigado y ha quedado impune.

El silencio es el mejor aliado de los que tienen poco que decir o mucho que callar y esconder, básicamente porque es imposible debatir con él. La silla vacía de Reggiardo en el debate pasado, y la de Belmont en el próximo, deben ser un recordatorio de que de alcanzar el gobierno municipal, estos candidatos habrán llegado allí con la complicidad de una ciudadanía dispuesta a premiar el silencio en campaña y, por tanto, quedamos virtualmente despojados de herramientas morales para castigarlos en un eventual gobierno.

Sin embargo, las últimas encuestas de intención de voto muestran un cambio en el panorama electoral a solo una semana de las elecciones. Los candidatos del silencio han abandonado el invicto en los dos primeros lugares descendiendo algunos puntos en las preferencias electorales y sus actitudes han terminado por favorecer al cuestionado candidato Daniel Urresti. ¿Será éste un indicativo del hartazgo hacia el silencio como estrategia político-electoral? Lo cierto es que por lo menos un porcentaje de la población de Lima ha reaccionado desfavorablemente hacia ella y hasta obligó a estos contendientes a la improvisada convocatoria a un debate carente de legitimidad, que luego descartaron.

Si esta tendencia no se fortalece en el tiempo o se establece únicamente a nivel electoral y no de gobierno, la política del silencio amenaza con seguir siendo, más que una estrategia útil, una verdadera forma de hacer política en el Perú.

 

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