“¡El Perú necesita una dictadura!”

Por Alonso Mujica (@AlonsoMujica1)

Probablemente, y no me sorprendería, si solo te guías del titular de esta columna y no lees el texto (que suele ser lo más usual en los cibernautas de hoy), ya debes haberte indignado, lanzado un par de insultos o hacer un meme de “¿quién es este nuevo facho pobre y por qué le dan tribuna?”.

La frase que le da título a este artículo es la respuesta que recibí la última vez que estuve en Lima. Vivo en Santiago de Chile desde hace unos meses y conversando con algunos familiares y amigos sobre la pregunta: ¿Y qué se hace con el Perú? ¿Cómo se comienza a arreglar?… la respuesta más radical fue “¡El Perú necesita una dictadura!”. Me sorprendió mucho haber recibido esa respuesta, pero lo que fue más sorprendente es que al escuchar esa frase más personas se sumaron a ese “pedido”…

El martes pasado, 11 de septiembre, se conmemora un día trágico para el mundo por más de una razón: el ataque a Estados Unidos en múltiples lugares del país que se llevó miles de vidas y el Golpe de Estado Militar con el que cayó el gobierno izquierdista de Salvador Allende y se inició una dictadura militar de 17 años encabezada por Augusto Pinochet.

Ese día me desperté muy temprano para ir a trabajar a Rancagua, una ciudad que está a un poco más de 100 kilómetros de Santiago, en la Región O’Higgins. En el trayecto al terminal de buses pasé por La Monedad (como se le conoce al Palacio de Gobierno chileno) y sentí escalofríos de estar tan cerca al lugar donde hace 45 años se rompió el orden democrático de un país para ingresar a un periodo de profundas reformas estatales, económicas y una serie de abusos a los derechos humanos cuyo legado divide aún a todo Chile.

Esa pequeña anécdota de mi vida cotidiana me puso a pensar en la frase que escuché hace unas semanas en mi ciudad natal… ¿El Perú necesita una dictadura?

Bueno pues… hay muchas personas que hoy en día no tienen ningún reparo en respaldar el gobierno de Fujimori y su “legado económico y de lucha contra el terrorismo”. Hay muchas personas en el país que creen que el fin justifica los medios, que “el Chino salvó al Perú” y demás. Pero también hay muchas personas que ya llegaron al hartazgo de la cosa pública, pues todo lo que se ve es suciedad. Así, pues, existe una sensación, muy generalizada entre los más jóvenes, de hartazgo y frustración con la clase política.

Es esa generación de jóvenes es la que está saliendo a marchar y utiliza las redes sociales como forma de canalizar su descontento. Incluso, hay un grupo más grande que está pidiendo el cierre del Congreso de la República, un Congreso con mayoría de Fuerza Popular, y cuyo accionar está contribuyendo negativamente a un escenario de desestabilización del país.

Sí, el Congreso es malo, muy malo. El gobierno de Vizcarra está haciendo poco también, no es un buen gobierno (puede esto estar explicado en que no tiene ni 6 meses completos) y el legado que dejó PPK fue nefasto, incluyendo un indulto de lo más cuestionable a Alberto Fujimori. Además, tenemos la reciente crisis del Poder Judicial, cuyo accionar todos imaginábamos, pero con los audios los “hermanitos” se han inmortalizado. ¿Qué se ha hecho frente a todo eso?

Esta sensación de hartazgo con los tres poderes del Estado no hace más que aumentar la sensación de que los políticos actúan para todos menos para el pueblo. Esto me lleva a preguntarme: si Martín Vizcarra mandara el día de mañana tanques a cerrar el Congreso y replicara el accionar de Fujimori en 1992: ¿cuántos lo respaldarían? Recordemos que al autogolpe del “Chino” gozó de mucha popularidad en su momento.

Como demócrata no creo en eso de que “hay dictaduras buenas y malas” ni de que el fin justifica los medios. Pero tampoco puedo negar que estamos llegando a puntos muy críticos de confrontación política y ciudadana que nos pueden llevar a escenarios complicados como país. Soy un convencido de que siempre deben existir salidas democráticas, pero también soy consciente de que, hoy por hoy, el escenario en el que está el Perú es bastante complejo.

La pregunta del millón para todos los jóvenes es: ¿qué podemos hacer?

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