La patria es el otro: los venezolanos y la xenofobia

Por José Rodríguez Ramos (@rodriguezramos_

El colegio María Inmaculada es estatal pero, por esas cosas tan peruanas, tiene nombre religioso. Durante décadas fue el más importante de Huancayo. Hoy, sin embargo, está muy venido a menos. El abandono es tan grande, que el año pasado fue declarado inhabitable por el Instituto de Defensa Civil. Las incontables filtraciones inundan las aulas en épocas de lluvia y las rajaduras en los techos muestran que estos podrían desplomarse en cualquier momento sobre las más de 2000 alumnas que estudian ahí.

Hace unas semanas el colegio se quedó sin profesor de educación física y se hizo una convocatoria para conseguir un remplazo temporal. Estaban a punto de declararla desierta, hasta que se presentó José Gregorio, un venezolano. Superaba ampliamente los requisitos. Era ex campeón nacional de taekwondo, contaba con 20 años de experiencia en docencia y tenía sus papeles al día. Fue contratado por tres meses, pero duró apenas una semana. Es que, al conocerse la noticia, fueron tantas las críticas por su nacionalidad en medios locales, tantos los mensajes con insultos y tantas las amenazas a través de las redes, que temió por la seguridad de su familia y decidió renunciar.

Aparentemente, la gente decidió que si había algo inaceptable en aquella escuela pública con nombre propio de Estado confesional, aquel colegio con déficit de oferta docente y a punto de caerse encima de sus alumnas, era que llegase un venezolano capacitado a ocupar un puesto al que no se presentó ningún peruano y que iba a quedar vacío. La idea de patria es a veces tan rara.

Hay quienes se refieren a este creciente rechazo a los venezolanos en el Perú como una ola de xenofobia. Es hasta generoso. Nos alivia verlo como tal: una ola. Algo que vino quién sabe de dónde y que, siguiendo la lógica, pasará. Pero la experiencia muestra que sentimientos así no surgen de repente y con tanta rapidez en contextos en los que no hay un caldo de cultivo claro, como una crisis económica agravada. Pensarlo como algo nuevo o sorpresivo nos hace evitar una verdad incómoda: que somos un pueblo con un amplio historial xenófobo.

Si bien el relato nacional actual se jacta de la idea de ser una mezcla de diversos orígenes, la mayoría de las comunidades inmigrantes cuyos aportes conforman la riqueza cultural peruana, en su momento sufrieron enormemente en el país. Los africanos esclavizados. Los chinos primero explotados y luego rechazados. Los italianos perseguidos durante la segunda guerra mundial. Los japoneses deportados y enviados a campos de concentración estadounidenses. Los judíos siempre despreciados. Los chilenos siempre odiados.

Luego, en algún momento nos convertimos en un país al que ya pocos querían venir y posteriormente, en uno del que todos se querían ir. Pasamos de ser una nación de inmigrantes, a una de emigrantes. Desde entonces, la xenofobia encontró menos oportunidades para ser expresada pero, como podemos ver hoy, no desapareció.

Los peruanos sabemos que somos patrioteros. A veces pareciera que tenemos más patriotismo que noción de patria, más orgullo que cosas por las cuales enorgullecernos. Nuestra xenofobia latente, cuando no está activa, vive implícita en situaciones cotidianas, como en la dinámica con la que solemos tener contacto cultural con el exterior, casi siempre buscando conquistar al otro y nuestra autoestima, casi nunca intentando aprender. O en aquella obsesión por la conservación de la peruanidad. Los que han radicado en el exterior están acostumbrados al escrutinio de sus modos y costumbres, en busca de extranjerismos. “Ya se jura español”. “Ya habla como argentino”. También se ve en la indignación mayor cuando una falta es cometida por un extranjero, que cuando la hace un vivo cotidiano como los nuestros.

Y es esta nación patriotera la que hoy se enfrenta a una de las crisis migratorias más grandes que haya visto el continente: el éxodo de personas que escapan del hambre y de la violencia en Venezuela. Según los datos de la Organización Internacional para las Migraciones, son casi 2 millones y medio los venezolanos que han salido de su país y más del 70% de estos lo hicieron a partir del 2015. Son cifras tan altas, que ya se comparan con las de personas que han huido en los últimos años de países en guerras cruentas como Afganistán (2,6 millones) y Sudán del Sur (2,4 millones), las dos mayores fuentes de refugiados a nivel mundial después de Siria.

En el Perú ya se han establecido 400 mil venezolanos. Hace solo 3 años eran menos de 2500. Es, con mucha diferencia, el lugar de destino en el que el aumento proporcional ha sido el mayor: 170 veces. Esto sin duda ha favorecido la reactivación de los viejos sentimientos xenófobos.

Pero esta situación hoy encuentra, o debería haber encontrado, un país distinto. Uno que ha atravesado grandes momentos de violencia y que entiende el dolor. Un pueblo que sabe lo que es el hambre y que no debería dudar en ayudar al otro cuando vive ya en una economía estable. Y especialmente una nación de gente que ha aprendido en los últimos 30 años lo duro que es tener que buscar patria afuera, en la patria de alguien más, y que ha probado en casi todos los rincones del mundo que los migrantes construyen sociedades más completas.

Es inaceptable que se rechace la llegada de personas que hasta hace poco fuimos nosotros (y lo seguimos siendo). Casi una décima parte de la población peruana aún vive afuera, calcula el INEI. En Lima, el 52% asegura tener familiares en el extranjero, pero aún así el discurso xenófobo de un candidato a la alcaldía inmediatamente genera eco. Es hipócrita, por dar un ejemplo, que haya recelo por el dinero que los venezolanos envían a sus familias en remesas cuando, bajo los más grandes cálculos, esto es solo una minúscula parte de lo todo lo que ha llegado por el mismo concepto en los últimos 30 años. Solo en el 2017, recibimos más de 3 mil 500 millones de dólares.

Sin embargo, el mayor problema no son lo xenófobos, sino el hecho de que son ellos los únicos que están tratando la crisis migratoria como una verdadera emergencia. La propuesta inhumana de cerrar las fronteras a los venezolanos y de rechazarlos no es contrarrestada por un proyecto alterno integral, que vaya más allá de mantenerlas abiertas. No hay una iniciativa que los motive a instalarse en regiones con baja densidad poblacional. No hay un proyecto de integración social y cultural, enfocado tanto a los que llegan como a los locales. No se preparó un plan de contingencia en temas que eran previsibles, como la atención de salud a una cantidad masiva de personas que llegan sin cobertura ni recursos.

Tampoco se ha planteado simplificar el reconocimiento de títulos universitarios. La mitad de los venezolanos que llegan son profesionales y, si bien hace unos meses se dispuso que puedan presentar documentos sin necesidad de que estén apostillados, esta medida ha quedado corta. Son aún muy pocos los títulos que han sido reconocidos, apenas 1800. La razón principal es lo costoso y burocrático del proceso. Solo presentar el título extranjero ante la Sunedu cuesta 645 soles (que para muchos equivale a un mes de sueldo) y dicho pago ni siquiera garantiza el poder ejercer, ya que después deben lidiar con sus respectivos colegios profesionales.

Este punto es crítico porque, por un lado, impide que el Perú aproveche los conocimientos especializados en campos que nos beneficiarían y, por el otro, causa que quienes llegan compitan solo por puestos de trabajo no calificados, concentrando así el impacto de la migración solo un sector de la población peruana, en vez de repartirlo entre todos.

Por otro lado, el enfoque general de la política migratoria peruana, que ante casos de informalidad, prioriza la sanción en lugar de la regularización, debe ser revisado. Un Estado sano es el que ayuda a salir de la informalidad a los indocumentados, no el que los empuja a la marginalidad.

El gobierno hoy, al adelantar el fin del Permiso Temporal de Permanencia y al restringir la entrada de quienes no portan pasaporte, acepta sentirse sobrepasado. Pero esto no ha sucedido por el fracaso de la política de apertura, sino por no haberla hecho adecuadamente.

La creación del PTP, hace más de 18 meses, debió haber sido una política puente a un plan más completo. Pero no lo fue. Este, al igual que otros temas urgentes, ha sido dejado de lado en la agenda del ejecutivo y legislativo, que llevan dos años concentrados en su virulento conflicto. La historia eterna de la política existiendo para sí sola.

También, ha quedado finalmente desnuda la inutilidad de los diferentes organismos regionales de cooperación que hemos establecido en los últimos años y que deberían servir justamente para este tipo de situaciones. Espacios como la Comunidad Andina, la Unasur o la Alianza del Pacífico deberían haber servido para hacer frente a la ola migratoria venezolana de manera coordinada, algo que tampoco ha sucedido.

Es así, entonces, que el Perú afronta hoy una de las crisis humanitarias más grandes de nuestra historia. Una emergencia que pone y seguirá poniendo a prueba al país en prácticamente todos los aspectos: como Estado eficiente, como sociedad desarrollada, como nación humanitaria, como patria constructiva. Por ahora, lamentablemente, no se ven signos de éxito.

3 comentarios en “La patria es el otro: los venezolanos y la xenofobia

  1. “A veces pareciera que tenemos más patriotismo que noción de patria, más orgullo que cosas por las cuales enorgullecernos.” – Tan cierto… ¡gran artículo!

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  2. Creo que José Rodríguez Ramos ha puesto el dedo en la llaga, esto por un lado, por el otro aunque no lo dice con amplitud, si con alguna interrogante, de dónde sale esta corriente xenófoba?
    Pero es cierto, no se ha preocupado alguien en reglamentar bien esto de facilitar las cosas, no solo para venezolanos, sino para todos los que llegan a Perú con alguna esperanza. Debería hacerse pero como muchas cosas en Perú, no se hacen simplemente por desidia.
    A mi juicio, algo que no es tan amenazante se ha convertido en un peligro inminente, cuando no es más que un distractor a falta de fútbol y de incendios. Lo dije ya en otros foros, pero tal parece nadie lo difunde, quizá lo leyo y allí quedó. Lo de los venecos es solo un distractor, para que los de Odebretch pasen a un segundo otercer plano y lo han conseguido, los rufianes están como moscas frotándose las manitos… más eso no implica que se debería reglamentar, la afluencia de quienes llegan de a pocos o en masas a tentar suerte aquí, como en algún momento lo hicieron miles de peruanos allá o lo hacen hoy en otras latitudes o lo harán mañana, tratemos a quienes llegan como deseamos ser tratados cuando vamos a otros países.

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  3. Juan Enrique Retamozo Laguna septiembre 7, 2018 — 4:54 pm

    Gracias por esos comentarios, me siento triste de ver al peruano ridiculisados de sentirse inferior y demuestra una xenofobia mal interpretada mientras goza que un familiar radica en el extranjero se molesta que un hermano sudamericano lo haga en el nuestro.

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