Los principios de una República impráctica

Por Herán Herboso / Colaborador de Es Momento

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Foto:  Frederic Köberl

Las últimas semanas han sido el espejo de lo que aún, persistentemente, tratamos de ignorar con selectivo éxito. La vida cotidiana revela, de manera insistente, algo que nos pertenece y lo abrazamos con sentida necesidad y desprecio: las formas habituales en que nuestra identidad vuelve a esa insensata, casi obsesiva, ingravidez de justificar la salida rápida a nuestros problemas, con o sin sentido de culpabilidad. Y claro, podríamos imaginar que, sin hacer mucho esfuerzo, logramos reproducir las taras de una estructura colonial aún presente en la mentalidad peruana.

De pronto, en ocasiones propicias, somos lo defensores de los valores clásicos de la democracia, de una cultura pública que, en teoría, rinde honor a los dos pilares de la dignidad humana: la libertad y la igualdad. Pero, quizá, en sentido práctico, dichos pilares son resueltos bajo esquemas utilitaristas que impulsa la racionalidad de maximizar la utilidad individual, con arreglo a un comportamiento trasgresoramente estratégico, sin establecer criterios que ponderen, desde una perspectiva de justicia proporcional, el discurrir de nuestra conducta. En ese sentido, la mentalidad colonial, esa estructura sobre la cual transcurre con impunidad la lógica de nuestras elecciones individuales y colectivas, se articula muy bien con esa otra forma más bien (post) moderna de evaluar, con entusiasta relatividad, el sentido de la vida bajo esquemas que privilegian la necesidad particular del individuo sin sujetarse a principios rectores que vuelve comprensiva nuestra actitud social y cívica, y que permite establecer líneas de consenso fundamentales para la cohesión social y el respeto mutuo.

Adam Smith, podemos recordar, en su libro Teoría de los Sentimientos Morales, plantea que el individuo participa del mundo de la vida con los demás individuos, la cual se encuentra tendiente a generar equilibrios a partir de la intervención del espectador imparcial –metáfora con la cual Smith establece un estado consciente que regula la conducta humana en base a la idea de lo bueno colectivamente compartida- como conciencia individual, cuya actitud establece lazos de cooperación. Ello permite la existencia de sociedades levantadas sobre dichos principios morales que funcionan en el proceso mismo de las interrelaciones humanas. Esta concepción es muy importante en el pensamiento de Smith, pues en su análisis sobre la simpatía va plantear: “Cualquiera que sea la causa de la simpatía, cualquiera que sea la manera en que sea generada, nada nos agrada más que comprobar que otras personas las mismas emociones que laten en nuestro corazón y nada nos disgusta más que observar lo contrario”.

Cabe recordar que Smith constituye una de las mentes primordiales del moderno liberalismo, cuando el Estado moderno empezaba a incorporar, en su construcción siempre inacabada, conceptos relacionados a las libertades individuales y su consecuente armonización con una consciencia colectiva necesaria, que de soporte al progreso económico y político de una nación. Pero no es necesario irnos hasta la Escuela Escocesa de la Filosofía Moral del siglo XVIII para comprender lo que en su momento Manuel Pardo, con su iniciativa de establecer su República Práctica, consideraba como la razón de Estado, es decir, aquel vínculo cívico a través del cual el consenso implícito es el respeto a la institucionalidad de los principios rectores de toda sociedad democrática, articulando el progreso de la ciencia y los valores cívicos como fundamento de una nación. Luego, entrado el siglo XX, las corrientes de reivindicación social en torno a la figura del indio y el obrero, impulsadas principalmente por el APRA y el Partido Comunista, marcaron el devenir de nuevas formas de participación política.

Sin embargo, el discurso político, la teoría del Estado y de la democracia, la historia política misma, no han calado necesariamente en la estructura de valores colectivos de una ciudadanía inconclusa y renuente a ejercer derechos y cumplir obligaciones. Nos damos cuenta que aún somos más súbditos que ciudadanos, más virreyes que sujetos de derechos, menos Estado y más aristocracia conformista. La corrupción revelada en los audios que proliferan cotidianamente en las pantallas de televisión y en las redes sociales nos asquean cínicamente, nos lanzan llamaradas de algo que, de alguna manera, nos incendió hace mucho y aún relamemos con preserva alegría nuestras heridas cada vez que la hoguera de la ambición resopla nuestra identidad colonial reactualizada, y cada vez con inverosímiles y sorprendentes ironías, como ver al Juez Hinostroza dando cátedra de cómo luchar contra la corrupción en alguna convención internacional. Si Kafka hubiera nacido en el Perú, no cabe duda que encontraría a Gregorio Samsa, convertido ya en un insecto, fumando cigarrillos y vendiendo insecticidas en las principales plazas públicas. El nuevo emprendedor, dirían muchos, con alegres y rimbombantes exclamaciones de respeto y admiración.

El discurso flagrante de la corrupción ha reconstruido ese espejo en donde evitamos mirarnos, y que, a menudo, le echamos un vistazo cada vez que la situación lo amerita, cuando necesitamos el “puentazo”, “el abogado mafioso”, “el favorcito”, reclamando, incluso, “principios… pues huevón”, con cínica e impermeable actitud del todopoderoso. Quizá, ese espectador imparcial de Smith, se parcializó a causa de nuestra mentalidad colonial, tomó partido por la auto justificación utilitaria, de una individualidad que no se erige sobre la base de principios rectores que permiten la cohesión social, fundamento de una democracia funcional y de una justicia proporcional (geométrica en sentido aristotélico), sino que se erige sobre la estructura omnipresente de las taras coloniales y del individualismo ramplón que el neoliberalismo nos proporciona en las vitrinas del éxito inmediato. Y, por su lado, Manuel Pardo, miraría esta impráctica República, con ojos subversivos.

Un sistema cuya responsabilidad es brindar una adecuada administración de justicia atenúa el crimen de un violador y se convierte en cómplice; pues, es tácito pensar que la responsabilidad es compartida: el juez corrupto, una estructura judicial que no controla y una ciudadanía habituada a la injusticia. Quizá porque la injusticia en nuestro país es el espectáculo cotidiano sobre el cual absolvemos virtualmente nuestras culpas.

Sin embargo, la individualidad también puede ser crítica y capaz de (re) construir aquello que Smith llamaba la autoridad de la conciencia, ese mecanismo humano que permite establecer empatía y lazos de cooperación que fundamentan una colectividad regida por principios morales acorde a los dos pilares de la dignidad humana: la libertad y la igualdad. En ese sentido, queda claro que la responsabilidad política y ética es fundamentalmente de la ciudadanía, aquella que los jueces corruptos y los criminales con poder buscan mermar y disminuir. Es preciso, hoy más que nunca, ejercer nuestro poder legítimo y participar con propuestas claras en la arena política. Recuperemos nuestro país, recuperemos el Perú.

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