De González Prada a PPK: una mirada al votante joven

Por Eielson Samir Valberde (@SamirValberde) / Colaborador de Es Momento

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Hace unos días, preguntaba a mis alumnos sobre los candidatos de sus preferencias para las próximas elecciones del 7 de octubre. Si bien no esperaba respuestas consistentes, me sorprendió la suma dejadez por la pregunta, por lo que tuve que cambiar instantáneamente de tema para poder engancharlos a la materia que debía desarrollar en la clase. Sin embargo, la pregunta siguió rondando en mi mente después de la sesión: hoy que estamos en la etapa post fujimorismo: ¿qué esperamos de la nueva generación que, específicamente, votará dieciocho años después de la caída de Alberto Fujimori?

En tiempos de crisis de representación, resulta complicado esbozar una hipótesis de lo que significa la política para los jóvenes peruanos —entre los cuales, me incluyo. Generación tras generación, hemos venido experimentando un cúmulo de acciones que forman parte de este amplio espectro. Por un lado, existe un espacio eventual de combate electoral (lucha por la polis), el cual es asumido por políticos improvisados desde la ruptura progresiva de los partidos de masas. Por el otro, se presenta un espacio permanente de debate (pólemos), el cual se desarrolla en el ámbito académico y en el de los movimientos sociales. Sin embargo, la evidente conexión que debería existir entre ambos resulta débil en la actualidad.

Evidentemente, ambos escenarios son causa y consecuencia de nuestro quehacer político: intentos individuales de copar el poder y fracasos colectivos de ejercerlo en favor de los que menos tienen. ¿Cuál ha sido el papel de los jóvenes en este contexto? Una re lectura del “Discurso en el Politeama” me ayudó a comprender que el viejo Manuel González Prada, de vivir en nuestros tiempos, se revolvería en su abandonada tumba.

Cuando el escritor sostuvo que “los viejos deben temblar ante los niños, porque la generación que se levanta es siempre acusadora y juez de la generación que desciende”, tal vez no tenía claro que, más de cien años después, esa juventud no dudaría en ser el voto decisivo para la elección de Alan García I y II, Ollanta Humala, y Pedro Pablo Kuczynski. Toda una traición a la memoria del intelectual anarquista peruano.

Este decía, en el mismo discurso, que “en el Perú […] hubo […] tres grandes divisiones: los gobiernistas, los conspiradores y los indiferentes por egoísmo, imbecilidad o desengaño”. ¿Qué adjetivo podría definir a los jóvenes desinteresados en la actualidad? Tal vez una mezcla de los tres o quizás ninguno sea preciso. No obstante, no hay que pecar de ilusos al analizar a la nueva generación.

En ese sentido, cuando me hablan de renovación y solo se enfocan en criterios etáreos, asumo con pinzas dicha postura. Justamente, será la generación post fujimorismo la que definirá este año a nuestros nuevos representantes de gobiernos locales y regionales. Según cifras de la ONPE, 1 millón 113,469 ciudadanos/as votarán por primera vez en estas elecciones (al cumplir los 18 años de edad). Ellos se suman al grupo de los más de 7 millones de jóvenes (18-30 años) que irán a las urnas, cifra que supera el padrón electoral del 2016. ¿Se han preguntado cómo piensa esta población y cuáles son sus intereses? O si se conocen estos datos, ¿cuánto realmente importa a los políticos y a la sociedad? ¿Por qué se toman decisiones en materia educativa o de sexualidad sin conocer sus opiniones?

Algunas pistas para radiografiar a la nueva generación podrían ser el fútbol (¡ay, Perú!), la década de la anti política (Iván Degregori), el pragmatismo económico-político, la etapa post violencia interna, los ciclos económicos en el marco de la aplicación del modelo neoliberal, la ofensiva de los movimientos feministas y ecologistas, los programas de televisión con formato extranjero y alguna otra que se me escape. Es tarea de los políticos e intelectuales regresar a la Academia (en el sentido platónico) y poder renovar la visión idílica que se pueda tener de los jóvenes en el Perú; de esta única manera, se podrá tener claro lo que (no) quieren como país y como futuros ciudadanos.

Sin embargo, no soy escéptico. Por encima de todo, pienso que la posmodernidad ha posibilitado que se difundan teorías de emancipación, como el feminismo y el ecologismo, las cuales son, también, mis banderas de lucha. Con regocijo, suelo cruzarme con mis alumnos en algunas marchas y manifestaciones, e, incluso, en algunas clases, solemos conversar sobre formas de combatir el feminicidio y la contaminación ambiental. Imagino que el camino es difuso, pero la meta debe ser bastante parecida. A ello apuntamos.

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