¿Por qué ha fracasado el anti-fujimorismo?

Por Carlos Rodrigo De La Torre (@SuricatoRojoSun) / Colaborador de Es Momento

Marcha Fujimori Nunca Más
Fuente: La República

Estos momentos, en que fuerzas como el fujimorismo, el aprismo y otras reivindican, de manera sostenida y segura, posiciones conservadoras, mercantilistas y en su mayor parte contrarias al desarrollo de un proyecto de país institucional e incluyente, podría hablarse, como se viene diciendo ya, del fracaso del anti-fujimorismo. Y de cómo el discurso de los “antis” representa una posición en sí misma insuficiente para construir un proyecto de país, pudiendo resumirla en un “sé qué no quiero, pero no estoy muy seguro de qué quiero”.

Los “antis” no son un fenómeno nuevo en el Perú. Cualquier aprista sabrá que no miento, que ellos fueron objeto de un antiaprismo que llegó, luego de la insurrección fallida contra Sánchez Cerro, a su prohibición y persecución; pero, el antiaprismo sí tenía una propuesta: mantener el statu quo. Frente al discurso y proyecto inicial del APRA, las fuerzas conservadoras del momento sostenían un proyecto para mantener el estado de cosas y lo ejecutaron, al punto incluso de forzar al APRA a aceptar partes del mismo como el “precio” de su entrada en el sistema político y electoral legal.

El anti-fujimorismo nunca tuvo eso. Nacido de diferentes fuentes, con diferentes intereses y en circunstancias que podemos definir como de “lucha”, nunca generó organizaciones o liderazgos que le dieran ese contenido. Por otro lado, está la forma en que terminó esta “lucha”: la renuncia del dictador, rechazada por el Congreso, para inmediatamente vacarlo, destituirlo e inhabilitarlo, y la elección de ese mismo Congreso de un presidente de transición, su llamado a elecciones generales y el rápido retorno a una “normalidad democrática”. El anti-fujimorismo no tuvo mayor necesidad de desarrollarse, o al menos así lo sentimos quienes formamos parte del mismo. Grave error.

Así, es por todos conocido que, a pesar de los juicios y las condenas, el fujimorismo como movimiento o pensamiento político se mantuvo vigente, al punto de que, queramos o no, es una fuerza política que en las dos últimas elecciones generales estuvo a punto de retornar al poder por las urnas. Es obvio que le bastó su capacidad de actuación electoral para evitarlo, pero, en el tiempo, sus propias carencias le han permitido al fujimorismo y a otras fuerzas, capitalizar las deficiencias de un movimiento basado en el “rechazo a”, y con ausencia de una propuesta o proyecto de país o comunidad.

La principal falencia del anti-fujimorismo fue que nunca definió exactamente contra qué elementos del pensamiento fujimorista se encuentra. Así, la respuesta facilista de igualar el término fujimorismo a “dictadura/corrupción/delitos” ha devenido en insuficiente. Pese a que esa ambigüedad ha sido utilizada para ampliar el espectro de la convocatoria, ha sido esa misma ambigüedad la que ha condenado al movimiento a ser meramente instrumental: no es posible construir un proyecto de país en negativo.

No obstante ello, es necesario tener en claro qué posiciones y qué principios no estamos dispuestos a aceptar, y sobre qué elementos en común se puede llegar a acuerdos mínimos.

Por ello, con la humildad de un espectador y partícipe en el movimiento anti-fujimorista, considero a éstos como los elementos mínimos:

  • Respeto irrestricto a los límites a la concentración del poder señalados en la Constitución Política.
  • Rechazo a las prácticas de uso de los recursos del Estado para fines personales y/o partidarios.
  • Rechazo a las distintas modalidades y actos de corrupción.
  • Respeto a los derechos fundamentales y eficacia de los sistemas de protección, incluyendo la aplicación del sistema de justicia contra aquellos que los hayan vulnerado.

¿Y sobre el modelo económico, o el modelo de Estado? Justo sobre estos elementos no hay consensos en el anti-fujimorismo: al ser de una convocatoria tan amplia, no es posible afirmar que se tengan mínimos comunes en ese aspecto. Pero, si partimos de estos mínimos, de repente nos damos cuenta de que el anti-fujimorismo no es solo un movimiento contra el fujimorismo, sino contra una serie de prácticas que vemos replicadas no solo en ese movimiento político, sino también en muchas de las organizaciones políticas vigentes, aunque, valga señalarlo, con distintos niveles de infracción.

Así, las organizaciones políticas, que asumen teorías ideológicas de derecha o izquierda, pueden ser acusadas de incurrir en prácticas de apropiación de recursos del Estado para fines personales o partidarios o actos de corrupción. También podemos ver organizaciones de ambos espectros que -cuando les conviene- justifican la violación masiva de derechos fundamentales de ciudadanos, de este país o de otros, por conveniencia política.

Es pues un escenario muy solitario en el que nos encontramos. No obstante, considero que la evidencia fáctica demuestra que el anti-fujimorismo como movimiento está fracasando, pues aunque logre impedir nuevamente que él o la candidata que represente ese pensamiento o movimiento obtenga el poder político, sus prácticas e ideas se han extendido a otras organizaciones políticas que sí lo obtendrán. Y la razón de ser por la que nació, esa de rescatar la democracia, la libertad, fracasaría al haberse instaurado en el Perú, como pensamiento legítimo.

Es éste un punto de partida para definir exactamente a qué prácticas nos oponemos, para poder plantear y participar -en positivo- en una propuesta viable para el Perú.

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